Hable de ella

Antes de empezar a escribir este artículo recurrí a la inigualable (en todos los aspectos) Amy Winehouse, porque sus letras hablaban de ella y de su única fiel compañera. Una compañera sobre la que yo quería escribir, la que llevaba a Amy a lo oscuro, su Back to Black: la depresión.

El mito y la realidad

Rudolf y Margot Wittkower en su libro Nacidos bajo el signo de Saturno observaron que las manifestaciones externas de los problemas psicológicos de los artistas (y no sus causas) han sido la “comidilla” de historiadores y biógrafos, de ahí que nos llegue siempre la figura del “artista loco“. Estas creencias tienen sus orígenes en el siglo V a.C., cuando el reconocido médico Hipócrates (460-370 a. C.) definió la composición del cuerpo humano en cuatro humores o sustancias fluidas que debían estar en equilibrio para gozar de salud: sangre (impulsividad), flema (impasividad), bilis amarilla (cólera) y bilis negra (melancolía). Fue Aristóteles (384-322 a. C.) el primero en correlacionar el humor melancólico con el talento artístico y científico, asentando un estereotipo que se prolonga hasta nuestros días. Cientos de años después de la Antigua Grecia, en el Renacimiento, con el boom de la astronomía, algunos quisieron demostrar “científicamente” las aseveraciones aristotélicas anteriores y fundamentaron que los nacidos bajo Saturno eran tipos melancólicos, algo que el sacerdote Marsilio Ficino (1433-1499) también había apuntado en su libro De vita triplici (1482-89). Pasada esta época, la Historia tuvo la suerte de retomar las ideas de Platón (427-347 a. C.), volviéndose a diferenciar entre la “locura” clínica del artista y la creativa, es decir, separaron el estado patológico del tópico. Aún así, la figura de Saturno como símbolo de la melancolía y la destrucción, se ha seguido conservando gracias a personalidades como el pintor y grabador Francisco de Goya (1746-1828) o el psicoanalista Sigmund Freud (1856- 1939).

“Saturno devorando a un hijo” Francisco de Goya, técnica mixta sobre revestimiento mural trasladado a lienzo (1820-1823). Museo del Prado (Madrid, España). Una obra perteneciente a la etapa más oscura de Goya (las “pinturas negras”) en la que se representa el mito del Dios Saturno, que devoraba a sus propios hijos por temor a que le usurparan el trono. Fuente: Museo del Prado.

El matrimonio Wittkower explica que son tres formas del comportamiento artistístico las que nos llevan a este estereotipo del “artista loco”: la del entusiasmo y la inspiración, la de la excentricidad y, en último lugar, la de las verdaderas alteraciones mentales. Porque la correlación entre el estado mental y la actividad artística puede ser siempre discutida, pero no la condición patológica de enfermedades como la depresión que, desde el siglo de las luces, se ha estado estudiando. Aunque aún no se haya establecido una causa firme que desencadene este trastorno mental, sabemos que la depresión se desarrolla como consecuencia de una alteración química en el cerebro, lo que provoca una disminución en los niveles de serotonina. Es por esto que se denomina a la serotonina la “hormona de la felicidad”, ya que tener unos niveles bajos de ella provoca síntomas como la tristeza persistente, la pérdida de interés y energía o los sentimientos de indecisión, culpabilidad y desesperanza (podéis leer más sobre esta hormona en Alfa Hélice). Los tratamientos más comunes consisten en suplir esta falta de serotonina, pero la cosa va mucho más allá. No por un aumento de la serotonina se consigue salir de una depresión, si no que existen muchos factores que intervienen en el proceso de recuperación del balance químico del cerebro y las neuronas. Es, al fin y al cabo, una enfermedad de base biológica que depende de otras implicaciones, tanto psicológicas como sociales, y que se empeora con otras enfermedades como la bipolaridad (que no, no es lo mismo que la depresión) o las adicciones.

No siempre se manifiestan los síntomas y por eso se suele diagnosticar el trastorno como “episodios concretos“, cuando los periodos depresivos son intermitentes, o como “crónico“, cuando el “bajón” es constante.

La actualidad y los datos

Hoy en día la depresión afecta a cientos de millones de personas, independientemente de su edad, condición social o país, aunque el riesgo de padecerla sí que lo agravan factores como la pobreza, las enfermedades, el desempleo, las pérdidas o las adicciones.

Casos de depresión en cada una de las regiones delimitadas por la Organización Mundial de la Salud. En el gráfico vemos que afecta, en mayor o menor grado, a todas las zonas del planeta y que las cifras se elevan en zonas como Asia, en las que la población es mayor. Fuente: Organización Mundial de la Salud (2017). “Depression and Other Common Mental Disorders. Global Health Estimates“. Estimaciones de 2015.

En 2015 la Organización Mundial de la Salud (OMS) observó cierto repunte de los casos de depresión mundial entre el 2005 y el 2015 (18.4%) y también destacó un pico de casos entre los 60-65 años de edad y una frecuencia mayor en mujeres (5.1%) que en hombres (3.6%). Pero no empecemos a buscar conclusiones, ya que ¿acaso no era una joven y triste mujer la que bebía absenta en un café de la Place Pigalle en El ajenjo de Degas (1834-1917)?¿O no fue un anciano deprimido el retratado por Van Gogh (1853-1890)? Lo que yo quiero transmitir con mis líneas es que estos casos han existido siempre en diversos tipos de personas, en mayor o menor medida y en un país u otro, lo que pone a esta enfermedad en el punto de mira de campañas de concienciación como la de la OMS del 7 de Abril, Día Mundial de la Salud, destinada este año a la desestigmatización de la depresión.

Reinterpretación en el s.XXI del “Anciano con pena (en el umbral de la Eternidad)” Van Gogh, 1890. Baños de 2 Spaghi (Budapest, Hungría). Fuente: Intsagram (@Pabloblublu).

Concretamente en España, la OMS contabilizó 2,408,700 casos de depresión en 2015 (un 5,2% de la población) y la coloca en el puesto 33 de los países en los que la depresión se prolonga durante más tiempo (la falta de visibilidad y la consiguiente no aceptación del trastorno se postulan como principales causas). El artista Joan Miró (1893-1983) formó parte de este tipo de cifras españolas, pero fue capaz de transformar su dolor psicológico en algo más universal: su arte. Él mismo aceptó su depresión a los 18 años, cuando tuvo su primer gran episodio, y también después en sus futuras recaídas, las cuales acabaron definiendo sus etapas artísticas. Miró era un artista, independientemente de su enfermedad, bastante rebelde, ya que concebía su arte como un acto revolucionario contra el banal arte burgués que no tenía más fin que el propagandístico. Negaba la figura establecida de los artistas e incluso apostó por “asesinar” a la pintura en sus obras, dejando que los objetos y materiales, los cuales se incluían en forma de collage, cobrasen protagonismo.

“La caricia de un pájaro” Joan Miró, bronce pintado. Fundación Joan Miró (Barcelona, España). Miró basó su arte en la fragmentación y reestructuración de la realidad, cargando todas sus obras de angustia y simbolismo natural. Autor de la fotografía: Pablo Camacho.

El romanticismo y el extremismo

Este denominado “suicidio pictórico” permitió a Miró vivir una libertad a la que no había tenido acceso. Una excentricidad aceptada que, seguramente, lo alejaría de situaciones, digamos, peligrosas. Porque sí, en el peor (peorcísimo) de los casos, una depresión no diagnosticada o mal tratada puede desembocar en un intento de suicidio. Y si no que se lo recuerden a la escritora de novela rosa Leo Macías de La flor de mi secreto (Pedro Almodóvar, 1995), o a Richie, el hijo deportista de Los Tenenbaums (Wes Anderson, 2001). Ficción y mal de amores aparte, también encontramos en estos casos al célebre escritor ruso León Tolstói (1828-1910), al que la idea de suicidio le pasaba por la cabeza con esta naturalidad:

La idea del suicidio me llegó con tanta naturalidad como antes me había llegado la de mejorar mis condiciones de vida. Esta idea se volvió de tal manera tentadora que tuve que usar la astucia contra mí mismo para no aplicarla demasiado pronto.

 Y se le iba de la misma manera:

 No quería apresurarme porque quería emplear toda mi fuerza para aclarar mis pensamientos. Si no podía aclararlos, me decía a mí mismo, siempre habría tiempo de suicidarme.

Pongámonos serios y obviemos los mitos que rodean a esta fatal decisión. Las cifras son alarmantes: 800,000 suicidios por depresión al año (según la OMS). A veces me planteo hasta qué punto ayuda que tengamos tan metidas en la cabeza las historias de barbitúricos, la intensidad de las cartas de suicidio o a los artistas sin orejas. Vamos, las clásicas historias de los que saltan al río porque desconfían del puente.

Las soluciones y la normalización

La depresión aparta el optimismo y enfrenta a los pacientes a la cruda realidad, haciendo florecer el sentimiento azul.

“Feeling Blue” Elena Amador. Fotografía en Ópera Garnier (París, Francia). Fuente: Instagram (@elenamadorh).

Un sentimiento que el doctor Rodrigo Morales García ha sabido describir TAN bien, que no os voy a hacer ni resumen:

“La melancolía hace ir más despacio, enfría el ardor y pone en perspectiva los pensamientos, la observaciones y los sentimientos generados en otros momentos de mayor entusiasmo. La depresión poda y esculpe; también reflexiona y medita, y por último somete y afina el pensamiento. La tendencia a escudriñarse interiormente, a preguntarse por qué y para qué, a menudo se encuentra arraigada en la depresión. Investigaciones más recientes indican que las observaciones y las creencias producidas durante los estados depresivos benignos están en verdad más cerca de la “realidad” que las generadas durante los estados de ánimo normales (…) La depresión obliga a ver la realidad tal cual es –lo que generalmente no se busca ni se agradece–, y que se adentra en la frágil naturaleza de la vida, su corteza podrida, lo definitivo de la muerte y el finito papel que desempeña el hombre en la historia del universo.”

Por ello, cuando alguien se encuentra en este estado es importante distinguir la patología a través de un buen diagnóstico, y no hablo del autochequeo, si no de acudir a un profesional. Estos diagnósticos, junto con los posibles tratamientos y terapias, podrían disminuir la prevalencia de la enfermedad en cada país.

Comparación del consumo de antidepresivos en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) durante los años 2000 y 2013. El aumento puede poner en relieve dos cosas: que los casos han aumentado o que cada vez más gente acude a profesionales y son tratados. Fuente: Panorama de la Salud 2015. Indicadores de la OCDE.

Ahora suena Tears dry on my own (“Las lágrimas se secan por mi cuenta”) de Amy Winehouse y descubro que, a pesar de su pérdida, Amy sabe lo que le está ocurriendo (“cuando nos dimos el beso de despedida, el sol se puso”), sabe sus implicaciones (“todo lo que podré ser para ti es la oscuridad que ambos conocemos”) y lo que tiene que hacer (“yo simplemente debería ser mi mejor amiga”). He dicho al principio que sus canciones hablan de ella. Me corrijo, no hablan de su tristeza y adicciones, si no de su alma. Un alma que, enferma, nos canta, buscando alguien a quien recurrir. Es a raíz de esta soledad cantada cuando me viene a la cabeza una peculiar familia: los Hoover, de la película Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006), los cuales coinciden todxs juntos por primera vez en un viaje tan ¿épico? que es capaz de hacer concluir este artículo.

Fotograma de la película Pequeña Miss Sunshine (2006). De izquierda a derecha: Arkin, un abuelo cascarrabias, adicto al sexo y a las drogas, que pone su vista en la autodestrucción. Frank: después de sobrevivir a un intento de suicidio causado por el abandono de su novio, el tío Frank intenta recomponer su vida después de también enfrentarse a la pérdida de su trabajo y su vivienda. Dwayne: el hermano nihilista que odia, como Nietzsche, a todo el mundo. Esconde en su silencio contenido la preocupación y el miedo al futuro que todxs hemos sentido. Olive: la pequeña de la familia y nexo de todos a su vez. A pesar de su optimismo, la sociedad le ha marcado unos cánones de belleza y comportamiento que desestabilizan su seguridad. Sheryl: madre al borde de un ataque de nervios y preocupada porque la forma de quererse de su familia sea la adecuada y la “normal”. Richard: el padre, un emprendedor sumido en el fracaso que da lecciones y charlas sobre cómo alcanzar el éxito.

Si este no es el vivo retrato de una sociedad actual, apaga y vámonos. En esta película todas las preocupaciones se unen en un viaje en el que la comunicación se convierte en una auténtica depuradora de defectos y fracasos. La aceptación de la depresión y la búsqueda de apoyo en la familia, amigos,  profesionales o resilientes, se convierte en un paso fundamental para la normalización y consecuente erradicación de este trastorno del que poco se habla sin caer en los tópicos. Acaba de terminar Tears dry on my own y solo me sale decir que no. Que no siempre las lágrimas tienen que secarse solas.

Este artículo participa en la convocatoria del 7 de Abril “Hablemos de la depresión” que convoca la sociedad Obertament y la editorial Next Door Publishers para luchar contra el estigma que rodea a la depresión.

Referencias

 

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s