Genialidad Desoxirribonucléica

Relato presentado al VII Concurso de relatos de inspiración científica ‘Inspiraciencia’

1963

Amanece tímidamente y oigo como mis intestinos vuelven a su estado normal tras pasar por un grave proceso gastrointestinal. El fin de estas alocadas perturbaciones me empuja a continuar con mi obra. Antes de nada, desayuno el divino manjar de mi tierra: pan con tomate. La simplicidad del planteamiento de esta degustación licopénica y su indudable resultado sagrado en el paladar, me hace acordarme del arte de Mondrian, cuya intención no ha llegado a superar siquiera a un pedazo de pan con tomate. Menos mal que yo, como mi nombre indica, nací para salvar al arte moderno.

Accedo a mi estudio y me encuentro al gatito bonito jugando con un cordel. Como hoy solo quiero la compañía de las moscas, lo cojo en brazos y lo llevo al recibidor, junto al oso enjoyado detrás del cual se desnudó el rey Humberto de Italia. Vuelvo al estudio y comienzo a terminar algunas de las figuras arabescas que componen el lienzo de mi esplendorosa obra “Árabes desoxirribonucléicos”.

Considero que mi árbol genealógico tiene su punto de partida en los musulmanes que llegaron en el 711 a España. Fueron ellos los que adornaron mi sangre con el más sublime de los lujos, el oro, y eso me produce la misma satisfacción que a Lord Rutherford cuando propuso, gracias a este metal precioso, su solemne modelo atómico. Si no creen en la veracidad de mi áureo linaje árabe, remítanse al ácido desoxirribonucléico. La estructura molecular de este ácido desoxirribonucléico se transmite monárquicamente y genéticamente de generación en generación, lo que hace que mis “Árabes desoxirribonucléicos” sean capaces de anticipar mi código genético y serán ellos los que llevarán a mis cromosomas a la inmortalidad suprema. Aclarado esto, no me queda ninguna duda de que es esta molécula helicoidal la que elevará mi obra al paroxismo.

Pincelada a pincelada, mojando con el ámbar bien fuerte, y con el fin de evitar la mancha en el cuadro, consigo que los colores de mis árabes se fundan en los bordes. De repente, oigo una canción familiar, ¡es la maravillosa visita de una mosca! Detengo mi tarea y observo sus ojos, los cuales son las más delicadas lupas parabólicas de la naturaleza. Creo haber visto en ellos a mi amada Gala y reflexiono sobre la posibilidad de que esta mosca sea una mensajera de mi diosa de apariencia humana, oficialmente conocida como Gala, mi mujer. Acto seguido, la misma mosca de vientre limpio se posa en mis labios y siento una cálida sensación. Mi observación e hipótesis sobre la mensajería divina de esta mosca quedan, pues, demostradas por un irrefutable experimento. La audaz mensajera de Gala remonta el vuelo siguiendo una perfecta espiral de Bernoulli, consecuencia de la trayectoria constante y logarítmica que rige su aleteo. Antes de abandonar mi estudio, consigue posarse en el más majestuoso punto de la doble hélice universal. Donde nace la vida y mi genio. El lugar donde confluyen las dos hebras de las figuras arabescas de mi pintura. Una vez más, mi querida Gala ha querido demostrarme su carácter divino.

Esta experiencia daliana le ha servido a mi obra para secarse, lo que me permite observar que ha quedado manchada por el exceso de materia y ámbar, así que trato esta mancha con una patata. Mientras realizo mis últimas correcciones, imagino una novedosa técnica pictórica tridimensional basada en los ojos de las moscas. Ya les hablaré de ello otro día. Una vez acabados los “Árabes desoxirribonucléicos”, me dispongo a firmar el cuadro. Una “D”, una “A”, “L”, “Í”. Acto seguido, reparo en que la D se define con un prodigioso trazo en forma de cruz perfecta y divina. Es en este momento cuando babeo pensando lo que exclamará el mundo entero al ver mi obra: “¡Salvador Dalí es un genio desoxirribonucléico!”

“Árabes desoxirribonucléicos” Salvador Dalí (1904-1989), óleo sobre lienzo (1963). Museo Reina Sofía (Madrid, España).

Referencias

  • Salvador Dalí (1964). “Diario de un genio”. Tusquets Editores, S. A. Barcelona (España).
  • Imagen de Portada: Mark DeMaio “Dali’s Brain”, óleo sobre plata.

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